martes, 20 de marzo de 2007

18 DE MARZO DE 2007

El aire me golpeó en la cara. Por lo menos era otra ciudad. Y sólo tuve que bajar las escaleras. La pantalla del ordenador estaba clavada en mi cabeza. La sensación de mareo persistía y por un momento pensé en volver por si las náuseas se repetían y acababa vomitando en la calle.
Comencé a andar con dos euros en una mano y el teléfono en la otra. Me vi en aquella plaza, llena de gente en manga corta con toallas de playa y sus caras hacia el sol. Yo tenía frío con mi cazadora y escondía mis ojos rojos de mirada desencajada detrás de mis gafas de sol. La plaza con esa luz, con el bullicio, estaba realmente bonita. No olvidaré esa imagen y las voces que mis oídos escuchaban a lo lejos.
No me sentía sola, ellos estaban al otro lado. Ella me animaba. Mi amiga me serenaba, me razonaba. Y él, como siempre, era yo. Me sentía enferma. Dolor físico. Frío, la cara caliente. Como en un estado febril. Anduve por las calles y sé que miré quioscos, que compré tabaco. No recuerdo bien el recorrido, ni el tiempo que estuve. Pensé en coger el coche e irme, pero decidí quedarme más de lo hablado, y así me forzaría a no pensar.
No sé que sucedió después. Me vi de nuevo al lado de la plaza, con ellos, la gente pasaba muy cerca, viejos que empujaban. Me tuve que agarrar a su brazo para no caerme. Él observaba mis pasos débiles y yo cerraba los ojos pidiendo poder volar. O caer redonda y amanecer con amnesia.
El estado febril pasó a ser angustia. Como la que de niña sentía al no ver a mi madre en la ventana antes de ir al colegio. Esa que necesita de atenciones, de protección. Una presión en el pecho que desapareció con la primera calada del último porro. Después supongo que me dormí. Y me desperté.

En el kilómetro 120 sonreí por primera vez. Una sensación de ligereza se apoderó de mí. Y esa seguridad que me caracteriza y que tanto escuece volvió a salvarme. Vi todo claro. Y me sentí muy fuerte. Y libre.

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