lunes, 15 de junio de 2009

Tres meses. 8 de Marzo al 8 de Junio.

Era tu calle. Pero al ser la búsqueda por Chamberí no me sorprendió. No recordaba que ese era el número pero al ver la fachada supe que aquel edificio de 105 años era el tuyo. La habitación era minúscula. Quizá fue tu despensa, vacía durante años. O tal vez ahí dormía la chica que os chantajeaba con hablar. Nunca lo sabré. Nunca podrás saber que de peletería paso a ser un piso compartido; y que pude ver tu infancia setenta años después.

"Por primera vez en mi vida he sentido el significado de la palabra nunca". La elegancia del erizo. Muriel Barbery.

Nunca me veras con mi anillo al dedo vestida de azul. Ni todas las fotos que sigo haciendo influida por tu amor a la memoria.
Ya nunca escucharé que viste un hombre sin cabeza, ni podrás numerar las aceras que no bombardeaban. Me quedaré con mil preguntas de mi nueva ciudad.
Nunca mas podré mandarte mails, ni hablar con el ojito, ni dejarte un libro, ni fantasear con unir tus historias contadas y que callabas, para escribir un libro.
Nunca mas escucharé tu voz ni sentiré tu olor. Nunca. El nunca más rotundo.

Pero me quedan tus fotos y videos. Los juegos de cartas a las ocho de la mañana los sábados. Paseos en moto, ir de compras, meriendas y comidas, veranos al mar. Regalos gigantes, la vitalidad. Muchas cosas....tantas...de esas que siempre me van a acompañar. Nunca las voy a olvidar.

martes, 24 de febrero de 2009

Domingo

Quizá si hubiéramos salido un poco antes, o después. O no nos hubiéramos parado a comprar el periódico. O tú, quizá, sacar una foto menos. O pararte a comprar algo en el rastro. Pero no, salimos, compramos el periódico, cogimos el metro y, a nuestro ritmo, bajamos por el rastro hasta ver el puesto. La cola era tan larga que la señora que vendía las pulseras protestaba, no podía pasar la gente. Tú saldrías de misa, recorrerías a tu ritmo, y acabaste en aquella cola de bocadillos baratos. Llevábamos diez minutos esperando. Yo me había acercado a la otra tienda, por si merecía la pena cambiar de lugar. Entonces vi a tu madre. Igual que siempre. Con la cámara de fotos colgada del cuello y observando todo sin reparar en mi presencia. Un nudo me subió del estómago a la garganta, que terminó en taquicardias cuando te busqué y te vi con ella tan sólo dos puestos por delante. Le apreté la mano, aterrada, por si no me entendía y tenía que otra vez girar la cabeza para apremiarle, y, sin querer, nuestras miradas se cruzaban. Y así nos fuimos. Con un halo de derrota por no convencerte de no renunciar a la amistad. Y el poso de nostalgia me acompañó por la latina.

lunes, 5 de enero de 2009

No renuncies a una amistad

Creí que tenía el cupo lleno. Que la suerte se acababa. Que los imprescindibles eran joyas difíciles de encontrar y bastante costaba conservarlas; yo ya tenía las mías.
Y llegaste tú. Despacito, fumando y sin avisar. Te sentabas enfrente (aunque estuviste al lado desde el primer día). Nos bastaron unos días para pasar de mis banalidades y tus escupitajos de tú yo llevado al extremo, a retazos y pinceladas, poco claras pero suficientes, de nuestra vida. Cavaste un caminito hacia mí tan profundo que los dos nos sorprendimos de la rapidez. Nos contamos nuestras parcelas con nombres (¡cómo me gusta que les pongas nombres como si les conociera!) y perdiste la timidez y yo la desidia. Te llegó la calma y a mí la seguridad.
Siempre quieres huir y ahogarte en tu cuarto a falta de alcohol. Seguidor de batallas perdidas, te sientes peculiar. Pero no es eso. No es diferente. Provocar es sólo un juego. Te distingue esos momentos en que te quitas la máscara de cobarde y luchas tan de frente que es imposible no dudar. Miras, sientes, arriesgas, compartes y entiendes con tal fuerza que es inevitable firmar.
Me quedo con eso, y con un futuro de llamadas (que no importa que no se encuentren, porque se buscan), con un cuaderno de conversaciones pendientes, de música para escuchar, libros para cambiar, conocer a los míos, yo a los tuyos y sobre todo, no renunciar.