martes, 24 de febrero de 2009
Domingo
Quizá si hubiéramos salido un poco antes, o después. O no nos hubiéramos parado a comprar el periódico. O tú, quizá, sacar una foto menos. O pararte a comprar algo en el rastro. Pero no, salimos, compramos el periódico, cogimos el metro y, a nuestro ritmo, bajamos por el rastro hasta ver el puesto. La cola era tan larga que la señora que vendía las pulseras protestaba, no podía pasar la gente. Tú saldrías de misa, recorrerías a tu ritmo, y acabaste en aquella cola de bocadillos baratos. Llevábamos diez minutos esperando. Yo me había acercado a la otra tienda, por si merecía la pena cambiar de lugar. Entonces vi a tu madre. Igual que siempre. Con la cámara de fotos colgada del cuello y observando todo sin reparar en mi presencia. Un nudo me subió del estómago a la garganta, que terminó en taquicardias cuando te busqué y te vi con ella tan sólo dos puestos por delante. Le apreté la mano, aterrada, por si no me entendía y tenía que otra vez girar la cabeza para apremiarle, y, sin querer, nuestras miradas se cruzaban. Y así nos fuimos. Con un halo de derrota por no convencerte de no renunciar a la amistad. Y el poso de nostalgia me acompañó por la latina.
lunes, 5 de enero de 2009
No renuncies a una amistad
Creí que tenía el cupo lleno. Que la suerte se acababa. Que los imprescindibles eran joyas difíciles de encontrar y bastante costaba conservarlas; yo ya tenía las mías.
Y llegaste tú. Despacito, fumando y sin avisar. Te sentabas enfrente (aunque estuviste al lado desde el primer día). Nos bastaron unos días para pasar de mis banalidades y tus escupitajos de tú yo llevado al extremo, a retazos y pinceladas, poco claras pero suficientes, de nuestra vida. Cavaste un caminito hacia mí tan profundo que los dos nos sorprendimos de la rapidez. Nos contamos nuestras parcelas con nombres (¡cómo me gusta que les pongas nombres como si les conociera!) y perdiste la timidez y yo la desidia. Te llegó la calma y a mí la seguridad.
Siempre quieres huir y ahogarte en tu cuarto a falta de alcohol. Seguidor de batallas perdidas, te sientes peculiar. Pero no es eso. No es diferente. Provocar es sólo un juego. Te distingue esos momentos en que te quitas la máscara de cobarde y luchas tan de frente que es imposible no dudar. Miras, sientes, arriesgas, compartes y entiendes con tal fuerza que es inevitable firmar.
Me quedo con eso, y con un futuro de llamadas (que no importa que no se encuentren, porque se buscan), con un cuaderno de conversaciones pendientes, de música para escuchar, libros para cambiar, conocer a los míos, yo a los tuyos y sobre todo, no renunciar.
Y llegaste tú. Despacito, fumando y sin avisar. Te sentabas enfrente (aunque estuviste al lado desde el primer día). Nos bastaron unos días para pasar de mis banalidades y tus escupitajos de tú yo llevado al extremo, a retazos y pinceladas, poco claras pero suficientes, de nuestra vida. Cavaste un caminito hacia mí tan profundo que los dos nos sorprendimos de la rapidez. Nos contamos nuestras parcelas con nombres (¡cómo me gusta que les pongas nombres como si les conociera!) y perdiste la timidez y yo la desidia. Te llegó la calma y a mí la seguridad.
Siempre quieres huir y ahogarte en tu cuarto a falta de alcohol. Seguidor de batallas perdidas, te sientes peculiar. Pero no es eso. No es diferente. Provocar es sólo un juego. Te distingue esos momentos en que te quitas la máscara de cobarde y luchas tan de frente que es imposible no dudar. Miras, sientes, arriesgas, compartes y entiendes con tal fuerza que es inevitable firmar.
Me quedo con eso, y con un futuro de llamadas (que no importa que no se encuentren, porque se buscan), con un cuaderno de conversaciones pendientes, de música para escuchar, libros para cambiar, conocer a los míos, yo a los tuyos y sobre todo, no renunciar.
martes, 30 de diciembre de 2008
Madrid
No tenía ganas. Me resistía. Habían sido muchos meses de soledad. Volver sin él era un ejercicio difícil de entender, esta vez sí, para los que me rodean.
Me vi perdida, sin tiempo para retomar y sin ganas de resumir. El cambio esperado estaba delante y la ilusión de antaño se había esfumado a lo largo de diez mil kilómetros.
Pero un día me vi comprando el abono transporte. Me fui acomodando a merendar galletas de chocolate, cigarros y agradables conversaciones insperadas. Paseando por las tiendas de Fuencarral con gente de nueve horas a la fuerza. Tomando cañas los viernes. Jugando al ahorcado en clases eternas que tenía guardadas en el cajón de las pesadillas. Acogiendo gente en una casa con mi nombre en el llavero.
Todo sin quererlo.
Y después de miles de maletas, de horas en aviones, trenes, coche, autobuses... sin tiempo para escribir, pensar... tan sólo sueño y echarte de menos, por fin, una noche de insomnio que me hace recordar que ella se perdió en el camino y no sé cómo resolverlo. Que mis amigos se enamoran y me aterra no tener tiempo de verlo. Que ya no me manda mensajes ni comparte el insomnio, pero es inevitablemente la constante de mi vida, mi tercer hombre. Que a veces también un concierto, una fecha, un silencio o un recuerdo corta como una papel. Que tengo mucho viajes pendientes y miles de planes que no me caben en los dedos.
Para todo esto, te espero.
Me vi perdida, sin tiempo para retomar y sin ganas de resumir. El cambio esperado estaba delante y la ilusión de antaño se había esfumado a lo largo de diez mil kilómetros.
Pero un día me vi comprando el abono transporte. Me fui acomodando a merendar galletas de chocolate, cigarros y agradables conversaciones insperadas. Paseando por las tiendas de Fuencarral con gente de nueve horas a la fuerza. Tomando cañas los viernes. Jugando al ahorcado en clases eternas que tenía guardadas en el cajón de las pesadillas. Acogiendo gente en una casa con mi nombre en el llavero.
Todo sin quererlo.
Y después de miles de maletas, de horas en aviones, trenes, coche, autobuses... sin tiempo para escribir, pensar... tan sólo sueño y echarte de menos, por fin, una noche de insomnio que me hace recordar que ella se perdió en el camino y no sé cómo resolverlo. Que mis amigos se enamoran y me aterra no tener tiempo de verlo. Que ya no me manda mensajes ni comparte el insomnio, pero es inevitablemente la constante de mi vida, mi tercer hombre. Que a veces también un concierto, una fecha, un silencio o un recuerdo corta como una papel. Que tengo mucho viajes pendientes y miles de planes que no me caben en los dedos.
Para todo esto, te espero.
miércoles, 15 de octubre de 2008
Primera noche, un mes después.
Escuece la distancia dejando un dolor dulce por la certeza de que no podemos ser mejores compañeros de viaje (viaje, irremediable futuro).
miércoles, 17 de septiembre de 2008
Primera noche
He borrado más de 1 GB de mensajes. Tres años de recuerdos. Nueva vida también para mi móvil.
martes, 19 de agosto de 2008
Agosto, camino a la costa.
martes, 13 de mayo de 2008
Mayo 2008
Ya no fluyen las letras. "El país de las últimas cosas" me mira desde la mesa pidiendo ser crítica. Hace siglos que no voy al cine y ser partícipe de su revista me hace ilusión.
Soplo tartas con velas y espero llamadas que llegaron tarde o no llegaron. Mientras, un bombardeo de crisis, el tren bala, humo, cenizas, dinero, dinero, dinero...
Se va la luz y me quedo sin ventana al mundo. Miro mi agenda a la que no quiero añadir nombres. El cupo se llenó y ahora sin ellos no quiero mover un dedo.
Necesito una semana de oxígeno y nuevos proyectos. Tengo su paciencia. Quiero disfrutar de esto, hacerlo mío, porque sé que un día lo echaré de menos.
Soplo tartas con velas y espero llamadas que llegaron tarde o no llegaron. Mientras, un bombardeo de crisis, el tren bala, humo, cenizas, dinero, dinero, dinero...
Se va la luz y me quedo sin ventana al mundo. Miro mi agenda a la que no quiero añadir nombres. El cupo se llenó y ahora sin ellos no quiero mover un dedo.
Necesito una semana de oxígeno y nuevos proyectos. Tengo su paciencia. Quiero disfrutar de esto, hacerlo mío, porque sé que un día lo echaré de menos.
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