miércoles, 26 de marzo de 2008

Paseo tratando de adivinar si se me notará en la cara, la ropa, los ademanes, si se me verá pinta de extranjera, de pasear sin prisa, sin estrés, sin carpeta ni portátil. Me siento a leer, pero levanto la cabeza de vez en cuando, me siento observada, o pierdo mi espacio vital y la seguridad de mi mano en el bolso.

Cansada de observar todo a lo que me voy acostumbrando, pienso en que harán unos y otros. En la hora, el sitio, y lo que echo de menos. Llegan noticias tristes que me hunden el alma durante horas, y otras alegres que se multiplican de ilusión por los kilómetros de distancia. Veo fotos, nuevas, que intenten reflejan algo de lo que estoy viviendo. Antiguas también, que presiden mi pared y mi ordenador. Mi vida en poco espacio.

Reclamo atenciones, pero la gente sigue el ritmo frenético, y yo voy dando pasitos en otro tiempo.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Buenos Aires 2008

Cada noche agarra su silla, y vestido de un blanco impoluto toca su flauta. Tranquilo, no mira a nadie y con su pie de calcetín claro lleva el ritmo de unas notas casi inexistentes. La espesa barba impide ver si sonríe, ahí esta, ajeno a los gritos, al fétido olor de basura, a los cartoneros que se afanan en coger todo lo que pueden del mc donalds, a nosotros que cada día le miramos.
Son Mari y Alberto, ella italiana, él de aquí pero de padres tanos también. Viven de su quiosquito lleno de alfajores, chocolates y un número infinito de dulces a los que no puedo poner nombre. Su sueño es conocer sus orígenes, ahorrar plata para poder algún día viajar a Europa. Son una familia normal, que cada día me explican donde comprar carne y se ríen de mis expresiones españolas. Son legales y me dan confianza.
Íbamos con la música alta y fue al girar la cabeza que le vi. Como aquella escena del Sexto Sentido en el que al mirar por la ventanilla el protagonista veía a la chica de la bicicleta mirándole de pie. No debía de tener más de diez años, estaba sucio y metía la mano en el coche. La mezcla de sentimientos esta presente, te asustan, te dan pena, son sólo niños… con más calle que nadie, y a veces drogados.
Una familia, abuela rubia, madre rubia, hijas rubias, padre moreno. Todos vestidos de marca, las niñas parecían salidas de un catálogo de ropa. La madre, altiva, pone cara de impaciente y ordena a su marido con la mirada. Creí que eran españoles. Entonces les escuche hablar, argentinos, pero como si el inglés quisiera asomar. Así hablan aquí, sin oseas, pero con una patata en la boca. Fueron en comandita a recoger su pasaporte español, y con sus andares de dinero abandonaron el lugar.
Parecía peruana, boliviana. No la entendía al hablar, tenía las manos sucias de agarrar patatas y verdura. Parecía aburrida de estar en ese lugar. Cuatro veces intentó engañar. Metiendo la patata podrida en la bolsa, la lechuga que nadie quiere, la bolsa de carbón rota, en el cambio del dinero. Pelotuda.

Bienvenidos a Buenos Aires.

viernes, 1 de febrero de 2008

"Mi vida sin mí"


La perra no quería ir, y el adiós a mi piedra mágica fue en la distancia. Sólo quería ver mi pasado. Y aunque estaba oscuro y a Lua tampoco le hacía gracia, me adentré en aquel campo hasta poder verlo bien. La autovía estaba en medio pero aun así les pude observar. Primero le vi a él, era alto y guapo. Miraba hacia abajo reflejando timidez, pero al dirigirse a ella lo hacía decidido, clavando sus ojos y esbozando una sonrisa con aire canalla. Ella, bajita y con cierto aire pijo, posaba su mano en la rodilla de él, él hacía lo mismo acariciando el hueso saliente de su pierna, todo en completo silencio, quizá porque se estaban escondiendo detrás de un matorral, o quizá porque el silencio era la mejor forma de entenderse. Él parecía el chico malo de barrio, curtido ya en peleas y en chicas, duro pero capaz, si hace frío, de quitarse la cazadora para ponérsela a ella. Con menos vida y con la soltura del que no ha sufrido, ella, que presume subida en su moto de chico duro y se agarra a sus costillas para sentirse segura y protegida, ¡ay!, quien sabe si para toda la vida. Y el bolsillo de una sudadera roja les hace cómplices de una manos que se unen.
Me siento y me enciendo un cigarro mientras la perra decide esperarme lejos. Se nota que no saben nada el uno del otro. Por qué han sufrido, que les une y les separa, qué les saca de quicio, qué han hecho los últimos ocho años, qué sintieron aquel verano o si duermen bien. Se miran con la curiosidad del tiempo y la distancia. Con el cariño de la complicidad. Él abandonó su aire de barrio, y viste formal. Desprende madurez por cada uno de sus poros y sabe donde estar. Ella dejó atrás miedos y cobardías y parece menor. Los silencios se ven rotos con alcohol y con letras informáticas. No había nada que perder.
Siento el frío en la mano que sostiene el cigarro. Y el aire me impide hacer oes con golpes de mandíbula. Tengo el estómago revuelto y no soy capaz de ver a la perra. Decido levantarme y un ligero mareo me hace cerrar los ojos. Les veo, él guapo y apuesto, con su pajarita y su dolor de estómago. Le hubiera gustado morderse la lengua, quizá no haber ido, no haber pensado, no haber escuchado. Ella observa fotos de entonces e intenta adivinar que sucedió. Y por qué ahora. Es tarde.
Corro detrás de la perra, que decide volver a casa sin correa y al llegar a la puerta se sienta y me mira. Me agacho gritando hasta casi caer y las lágrimas asoman en mis ojos. No se conocen. Pero se echarán de menos, porque el reloj jamás les dio una oportunidad.

miércoles, 23 de enero de 2008

El día que empezó todo...


Mi prima aún esta alucinando, y el alto (Santiago) nunca contestó, él lo hizo, yo también y mira ahora...

martes, 8 de enero de 2008

Que se pare el mundo, sólo que se pare hasta el martes. Que dejen los planes de atacarme mientras duermo. Que no aparezcan citas pendientes, frases no dichas, futuro de nostalgia... Ahora yo y la intensidad a solas. Luego se verá. Párate, que esta vez no me bajo.

martes, 18 de diciembre de 2007


"Abrázame y no me digas nada sólo abrázame,
me basta tu mirada para comprender que tú te irás"
(Iván Ferreiro, "Abrázame",
Canciones para el tiempo y la distancia)


Te desnudaste unas horas para taparte después con mil caretas que ya conozco. Ya antes se rompió el binomio, el áurea que nos rodeaba se esfumó. La borraste con frases de castigo, con miradas de rencor, con silencios. Dejamos de ser fuertes, luchamos por no desprender electricidad. Fingimos no entendernos y jugaste a no ser cómplice. Pero me tragué lágrimas, desplantes, porqués sin respuesta y noches en vela. Al fin y al cabo tenía en mi poder las horas en la biblioteca, el sabor de la risa. El mirarte y saber que piensas. La palestina y el llavero. Las excursiones, tus canciones, tus proyectos. La empatía en clase, tú como testigo. Las conversaciones por teléfono, los cigarros, los "te llevo a casa", el beber juntos, los secretos, tantos y tantos recuerdos... Te desnudaste, sí, y lo bueno volvió a mi cabeza. No lo hiciste en forma de diablo, ni con careta de perro. Sólo tú y yo sabemos. Pero como nada te llenará el hueco, de nuevo, ahora, el silencio. Ya sé como funciona esto. Siempre echándote de menos. Pero me quedan los recuerdos y un entendernos sin quererlo.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Homenaje a Fernando Fernán Gómez

Mi amigo J. Barrio me envió esto por mail y la verdad es que merece la pena leerlo...

TRIBUNA: F. FERNÁN GÓMEZ

El abrazo de la lectura

El libro se abre ante nosotros como se abre de piernas la amante entregada y posesiva. Como abren los brazos para acogernos el amigo y el familiar .En mi prehistoria se abrieron para mí los brazos diminutos, débiles y sucios de los primeros cuentos de calleja. Ya entre ellos se observaban diferencias sociales. Los más baratos cabían en la palma de la mano, su letra era casi ilegible y tenían las mejillas manchadas de tiznones como de carbón o de tinta de escribir palotes, curvas y garrotes. No parecían pensados para que los leyeran los niños, sino las abuelitas, desojándose, al borde de la cuna. En cambio, los más caros, en octavo, se leían con facilidad y tenían letras de oro en la portada.

Vinieron después los libros de aventuras. Cuando aún no se ha llegado a la adolescencia, cuando aún no nos han amaestrado y no nos han inyectado en el cerebro la suficiente cantidad de resignación, nos asombra dolorosamente la monotonía de la existencia. ¿Cómo es posible -se pregunta el niño-, haber pasado ocho años padeciendo esta sórdida repetición cotidiana? Los libros de aventuras, con su mentira piadosa, le abren las puertas de la esperanza.

Los libros escondidos. Los libros secretos. Hay que tenerlos debajo de los libros de texto. Leerlos cuando no nos ven nuestros mayores o los profesores, en el colegio. Son libros de aventuras, novelas folletinescas, policiacas. Y muy pocos anos después -no años, meses-, novelas pornográficas. Qué inefable placer me proporcionan esas lecturas. Aldous Huxley dijo: "una orgía real nunca excita tanto como un libro pornográfico". Y con esto no intento sugerir a nadie que abandone las orgías.

Pero también el libro tiene enemigos entre los de su propia especie. En mi caso personal, fueron los libros de texto del bachillerato. Qué repulsión, qué aversión me inspiraron. Odio al libro, odio a la lectura, odio al conocimiento. Por fortuna, había en Madrid muchísimos puestecillos callejeros en los que vendían a mitad de precio noveluchas de segunda mano, o de tercera o cuarta, sobadas y requetesobadas, noveluchas de aventuras, policiacas y también verdes. Aquellos puestecillos hicieron que se conservara vivo mi amor al libro, que los catedráticos escritores habrían conseguido asesinar. En la guerra de libros -como no puede ocurrir en las guerras de verdad-, ganaron los pobres.

Aparecieron después los que algunos consideran enemigos del libro: el cine, la radio, la televisión... son, es cierto, otros medios de difusión de la poesía, y también de la música y de las artes plásticas. Pero, aunque enemigos en cierto aspecto, es dificil que derroten al libro, ni creo que pongan en ello interés. El libro les lleva la ventaja de la corporeidad, de la cercanía. El libro lo tengo, lo poseo, puedo incluso darle achares, no mirarlo, no leerlo y, sin embargo, conservarlo. No es efímero. Puedo también tenerlo en las manos, acariciarle el lomo como a un perro amigo, hojearlo, sobarlo, puedo besar algunos de sus renglones si me han conmovido. Tanto si es un libro lujoso, encuadernado en suave piel, como si es un libro popular, de los que se doblan y se pliegan sumisos para ser leídos en la cama, con los que uno puede acostarse sin muchas dificultades.

Echo una mirada a la biblioteca. Cuántos libros en ella que ha devorado el olvido. Y cuántos que ya no podré leer. Quiero decirles a esos libros que no leeré nunca, que no se sientan despreciados. Sí sé que no los leeré es porque estoy en esa edad en la que al tiempo se le ve volar como a un gorrión asustado, en la que se nos escapa como agua en un cesto, en la que huye como algunos queridos recuerdos. Pero al decir adiós, que un libro me abra sus brazos y repose sobre mi pecho.

Gracias Javi.